20 de agosto del 2020

Las lecciones de la Pandemia. Cambiar métodos productivos y hábitos de consumo con criterios de sustentabilidad.

Antecedentes ambientales
Las crónicas en todo el mundo pusieron de relieve que la parálisis productiva y comercial, así como los severos cambios de comportamiento de los seres humanos inducidos por la pandemia del COVID-19, mejoraron de forma considerable, pero transitoria, los valores y efectos de la contaminación en el planeta. Esto último sería para alegrarse si no fuera porque el proceso vino acompañado de muertes y de un gran retroceso económico que tendrá consecuencias aún no mensurables en términos de más muertes, menor actividad, más desocupación y, por ende, más pobreza, hambre y deterioro en la salud de una buena parte de los países y de la población mundial.
No es para alegrarse sino para reflexionar el hecho de que un azote semejante haya actuado como regulador cuando debería haber sido el propio dueño de casa, el hombre, el administrador, quien asuma el mejoramiento del trato a la Tierra mediante medidas que conoce y que fueron debatidas en foros internacionales de manera mayormente testimonial en las últimas décadas y cuyos resultados podrían ser permanentes. Hubo documentos y concordatos reflejados en Constituciones Nacionales o que adquirieron carácter de mandatos por sobre las leyes locales, que también se perfeccionaron –al menos en la Argentina–; pero lamentablemente, en general, no fueron más que ejercicios literarios o “jarabe de pico” a la hora de aplicar medidas.

Las postales de la pandemia no se limitan a hospitales de campaña. Nos muestran también cielos más azules y a la naturaleza intentando recuperar espacios perdidos; por ejemplo, el reino animal. Mientras el hombre se recluyó y redujo principalmente sus hábitos de traslado y transporte asociado y, por ende, el consumo de combustibles fósiles necesarios para sostener la circulación en las grandes ciudades y el traslado masivo en aerolíneas y barcos, los ciervos avanzaron sobre las calles de Sri Lanka y de Japón; los pumas, en las de Santiago de Chile; y los patos, en las de París. Se vieron cabras en ciudades del Reino Unido y cisnes en los canales de Venecia.

Satélites de monitoreo de contaminación de la NASA y de la Agencia Espacial Europea (ESA por sus siglas en inglés) publicaron imágenes que evidencian una menor contaminación en China, donde las emisiones de carbono cayeron un 25 % durante un mes por las restricciones al transporte y a las actividades comerciales para contener el coronavirus. Esto representa una disminución del 6 % a nivel global dado que China, el país más contaminador del mundo, produce un 30% de las emisiones de dióxido de carbono (CO2). Esta sola reducción causa un gran impacto en el cambio climático.

El Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus (SVAC) de la Unión Europea detectó en Italia una disminución del 10 % de las concentraciones de dióxido de nitrógeno (NO2) por semana. El NO2 lo producen los motores cuando queman combustibles fósiles a altas temperaturas. Es un contaminante gaseoso perjudicial para la salud humana. Provoca complicaciones respiratorias, como menor capacidad pulmonar, bronquitis aguda y asma. También puede generar lluvias ácidas que deterioran la atmósfera, los ríos y los bosques.

La drástica reducción de vuelos contribuyó a disminuir la contaminación atmosférica por cuanto el transporte aéreo aporta el 5 % de la polución global a través de la emisión de CO2 y de los óxidos de nitrógeno (NOx), que producen los gases de efecto invernadero que propician el calentamiento global.

En la Ciudad de Buenos Aires, la Agencia de Protección Ambiental (APrA) informó que entre el 20 y el 25 de marzo, ya en cuarentena, los valores de monóxido de carbono (CO), de
NOx, de NO2 y del material particulado menor a diez micrones (PM10) habían bajado a la mitad. El motivo principal fue la reducción del tránsito vehicular. Todo esto y más se comprobó: los sismógrafos detectaron que la Tierra ahora vibra menos.

Así, la pandemia del COVID-19 nos interpela sobre aspectos sanitarios, humanitarios, éticos, económicos y de seguridad nacional y da prueba elocuente de cómo los seres humanos estábamos menospreciando la naturaleza. Esos ciervos, pumas, patos o cabras vinieron con un mensaje de paz a decirnos que el hombre puede vivir de otra forma, sin renunciar a los altares del capitalismo, del consumo, de la producción y del progreso. Nunca antes alguna
situación, como pandemias o guerras, determinó una caída semejante de la emisión de gases contaminantes.

La pandemia nos debe conducir a definiciones firmes en favor de los métodos productivos y hábitos de consumo que se correspondan con criterios de sustentabilidad. Nuestras juventudes podrán hacerlo: conocen mejor esos métodos y hasta los definieron con títulos
como “economía circular”, tendiente al reciclado como guía, y “economía verde”, donde el patrón es el uso de combustibles no contaminantes.

La cobertura de seguros del daño Ambiental

En línea con ello está la exigencia de la internalización de la responsabilidad sobre la remediación del daño ambiental de los bienes de uso comunitario y titularidad estatal. En esta materia, la Argentina es un país innovador, pero no consecuente. La obligación de los
factores de producción de garantizar la remediación de los daños ambientales que provocan en su afán productivo fue instituida mediante un instrumento que refuerza el poder del Estado de exigir que el responsable de los daños sea también el de su remediación, tal como lo establece la Constitución Nacional. Ese instrumento es la Caución por Daño Ambiental de Incidencia Colectiva, una herramienta de gestión de política ambiental del Estado. La falta de consecuencia del Estado se manifiesta a través de tres factores perniciosos para alcanzar los fines con que fue concebido el instrumento: 1) la débil exigibilidad a los sujetos obligados a la contratación, los cuales son determinados por una fórmula polinómica de cinco términos conjugada con el Código Industrial Internacional Unico (CIIU); 2) la ausencia de penalización a los incumplidores; y 3) la no ejecución de las pólizas ante la ocurrencia de siniestros, lo cual es facultad de los organismos públicos beneficiarios. De esta manera, los beneficios que persigue la sociedad con este instrumento se esterilizan: el primero, mejorar las condiciones de salubridad de la población; el segundo, quitarle al Estado la carga del costo de la remediación de daños ambientales provocados por terceros.

Es necesario entonces que cuando la situación se normalice, la sociedad asuma que no puede volver graciosamente a prácticas productivas y de vida que resultaron contaminantes en forma creciente desde hace un siglo y medio o dos siglos por imperio de la Revolución Industrial; y que una de las maneras de evitarlo es garantizando al Estado que todos los procesos observarán el máximo cuidado posible del medio ambiente y la remediación del eventual daño ambiental que provoquen los responsables.

Consideraciones sobre el efecto en la actividad aseguradora

Podemos imaginar que la situación de la economía, en general, será desastrosa. No obstante, nadie puede contestar hoy a ciencia cierta sobre la magnitud de las consecuencias.

La Argentina carece de moneda y se fagocitó a los creadores de riqueza. Tampoco hay todavía factores que se hayan estabilizado con la pandemia. Por lo tanto, la catástrofe económica está en pleno desarrollo y no permite formular especulación alguna. Ningún Gobierno, organismo público nacional o multilateral ni consultora puede hacer proyecciones confiables. Esto está cambiando todos los días y por el momento para peor con un contexto económico anterior suficientemente dramático que ya puso otra vez al país en default.

La evolución del seguro está basada en la actividad; a mayor actividad, mayor producción. ¿Se regenerarán rápidamente los mercados? ¿Cuánto tiempo tardarán en volver por lo menos a los niveles precrisis? Es sabido que las actividades industriales y comerciales se vieron seriamente disminuidas y muchos otros aspectos de la vida cotidiana quedaron relegados para cuidar la vida de la raza humana. Por lo tanto, falta saber si una mayor actividad en un entorno de alto contagio podrá sostenerse en el tiempo.

Cabe preguntar cuánto habrá cambiado para entonces la cultura de las sociedades y cómo la industria aseguradora se habrá amoldado a esa realidad. Pero sí podemos afirmar que hoy en la actividad aseguradora ya no hay razones para no remotizar ciertos puestos de trabajo y converger a un sistema mixto del desarrollo de la atención laboral. Por otra parte, los protocolos para la atención aprobados para el sector asegurador tienen en cuenta la distancia
social y limitan el número de personas que pueden trabajar juntas. Por lo tanto, si la pandemia afecta el rol de las oficinas físicas en la atención, el cambio en la forma de trabajar puede ser profundo.

Sobre las consecuencias globales en la actividad, en principio, no tendrían un efecto directo y drástico en los resultados técnicos del mercado. Parecería que en el negocio la pérdida de capital será mucho más importante por los bajos rendimientos de los activos financieros y la caída de las Bolsas en general. No obstante, habrá ramos que pueden ser más afectados, como el de caución tradicional, quizá por la quiebra de los tomadores de los contratos, por la manera en que se consideren los incumplimientos, es decir, por cómo juega la fuerza mayor o el caso fortuito con la pandemia y, especialmente, con la cuarentena.

Otras coberturas expuestas se relacionan con el transporte marítimo o el de aviación por toda aquella mercadería que quedó en Aduanas o en los propios buques y que hayan sido dañadas
o bien por las acumulaciones de aviones en aeropuertos con sus diversas consecuencias. Obviamente, en las RC, golpea la suspensión de eventos y, en los seguros técnicos, las demoras en la finalización de las obras y su entrega, sin duda, que atrasan el recupero de la inversión.

No quiero dejar de señalar otras consecuencias que imagino en la actividad; por ejemplo, las compañías de reaseguro internacional por la importancia que tienen en el desarrollo al ser un capital contingente de las empresas de seguro directo. Aquellas compañías tuvieron una importante pérdida de sus patrimonios producto de las fuertes bajas en las Bolsas del mundo. Esto hace que bajen sus márgenes de solvencia y, por lo tanto, que las calificadoras de riesgos reduzcan los ratings en forma considerable y que se disminuyan fuertemente las capacidades disponibles para el futuro inmediato. Perderán los mercados de países emergentes con las complicaciones que genera este hecho en América Latina.

Para concluir, la reducción que se advierte en los flujos de caja y el aumento o actualización de las liquidaciones de siniestros que se producirá en la pospandemia pueden afectar fuertemente los resultados económicos, pero fundamentalmente los patrimoniales por la debilidad de los activos de las aseguradoras.

Jorge Furlan
Coordinador general de Prudencia Seguros
jfurlan@prudenciaseguros.com.ar
El autor del artículo contó con la colaboración de la ingeniera Graciela Ayala en los datos ambientales.